BIENVENIDO, HERMANO MIGRANTE

Los mexicanos nos quejamos mucho de la discriminación de la que son víctima los migrantes en Estados Unidos; peor si son indocumentados, pues en ocasiones son tratados con violencia brutal —ahora, incluso, hasta cobijadas constitucionalmente estas agresiones—. Hay grupos en la frontera marcada por el Río Bravo que se dedican específicamente a la cacería de mojados, como si fueran ratas o una peste.

Con base en esos actos xenofóbicos, hay quienes critican las extremas medidas de aquellos gringos rancheros con el pasado: les recuerdan que su sociedad está conformada por una amplia diversidad de grupos migrantes (ingleses, irlandeses, italianos, chinos, japoneses y hasta latinoamericanos). Entonces, un muro en su límite sur es un espaldarazo a sus propios orígenes. ¿Pero qué vaquero millonario con un rifle en la mano se pondrá a pensar de dónde viene si su vida no tiene problemas? ¡Los migrantes se convierten en su única perturbación, lamentablemente!

Algo distinto debería ocurrir en México. Acá tenemos muchas más cosas por qué preocuparnos antes de iniciarnos en la persecución de migrantes; además, la mayoría sólo viene de paso: su objetivo no somos nosotros sino el vecino de arriba. (No son abundantes las posibilidades de superación en nuestro país a comparación de los lugares de donde han partido.) Y, a pesar de eso, transitar por nuestro territorio para llegar a la Unión Americana se ha convertido en algo casi tan terrorífico y peligroso para los centro y sudamericanos como burlar a la migra en Arizona.

La culpa —dirán muchos— es de los narcos. Ellos son los que persiguen a los migrantes para robarlos, secuestrarlos o, de plano, meterlos de sicarios, al igual que una leva revolucionaria (cuando el Ejército reclutaba obligatoriamente a adultos, jóvenes y niños para pelear contra grupos rebeldes, como los de Villa, Zapata, Carranza y Obregón).

Pero ésa es sólo una parte de la xenofobia mexicana. Porque cuando en el camino se han quedado sin posibilidades económicas para llegar a Estados Unidos, su única alternativa es conseguir trabajo en nuestro país. Y de eso se aprovechan en exceso algunos otros grupos, pues hay centenas de mujeres centroamericanas que han sido obligadas a prostituirse o a trabajar en burdeles con las peores condiciones y sueldos miserables, que prácticamente las esclavizan y ya no pueden irse nunca.

Igual que los estadunidenses, los mexicanos adoptamos esa posición por ignorancia, porque creemos que el beneficio se los damos nosotros a los migrantes y no al revés, lo cual es una tremenda equivocación. Encerrados en nuestras fronteras mentales, no entendemos que ni la vida ni el mundo es estático: los dos giran sin parar; todo es dialéctica, pues no hay quien pueda bañarse en el mismo río dos veces. Y así, de igual forma, la humanidad necesita movimiento para no sucumbir. A su manera, los indígenas mesoamericanos lo entendían mejor que nosotros: hacían sacrificios humanos para ofrecerle la sangre a los dioses y que la vida siguiera fluyendo sin fin.

Debemos entender que sacralizar fronteras políticas es ponernos un tapón civilizatorio que hace presión cada vez más fuerte y, como una olla express, explotará si no se libera a tiempo. Por el contrario, la conjunción de diferentes pueblos en un mismo espacio irremediablemente es sinónimo de riqueza inigualable. La aportación intercultural puede crear sociedades tan asombrosas como la nuestra, mexicana —mezcla de indígena, español, árabe y africano—.

Ya tuvimos la experiencia en décadas recientes: chilenos, españoles y argentinos que huyeron de las respectivas dictaduras de sus países para refugiarse en el nuestro se convirtieron en grandes académicos de las universidades mexicanas. Inclusive algunos decidieron quedarse y continúan aportando valiosos valores e ideas a nuestra sociedad, distintos a los que el imaginario mexicano podría crear.

Así que: ¡bienvenidos sean todos, hermanos migrantes!

por Alejandro Mendoza

@alejandrock

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